Diez años habían pasado y Troya seguía en pie de lucha. Su inexpugnable muralla, obra de los dioses, la había protegido los más fieros embates. Los aqueos ahora no contaban con el empuje de sus mejores hombres, como una vez lo fueron Aquiles y Áyax el Grande. Así que la esperanza del triunfo parecía desvanecerse, día con día. ¿Cómo podía el príncipe Paris, el causante de aquella hecatombe, seguir respirando tranquilo, mientras que tantos valientes habían dejado sus hogares, solo para ir a morir en esas tierras lejanas?
Al igual que muchos en el campamento, Odiseo estaba cansado, harto de la contienda infinita y estéril. Pero abandonarlo todo, para retirarse, a esas alturas, era algo impensable. Se trataba de una cuestión de honor. El rey de Ítaca de nuevo acudió ante su protectora, la divina Atenea, en busca de consejo. ¿Qué podían hacer, sobre todo ahora que la mala hierba del pesimismo cundía por doquier? ¿Cómo se le podía negar a un hombre el derecho a regresar a casa, a abrazar a su familia?
La diosa se manifestó a través de Héleno, uno de los hijos del rey de Troya, quién permanecía como rehén de los aqueos. Al igual que su hermana Casandra, poseía el don de hurgar en el porvenir. Se vio forzado a revelar para sus captores, lo que habrían de hacer. Así, irónicamente, las palabras que terminaron de sellar la suerte de la infortunada ciudad, saldrían de la boca de uno de sus hijos...
Según el dictamen del Destino, el desenlace favorable de la guerra estaba sujeto a ciertas condiciones. A pesar de tantos esfuerzos y sacrificios, el triunfo seguiría escapando de sus manos, si antes no se llevaban a cabo algunas tareas. Había que poner mucha atención... Primero, era necesario hurtar el Paladio, la pequeña figura de la diosa Atenea, que protegía la ciudad y se encontraba en el templo de la acrópolis. También deberían contar entre sus filas, con un descendiente de Éaco. Ilión jamás caería, sin la participación del arquero Filoctetes, quien guardaba el arco y las flechas de Heracles. Debían apoderarse además de los caballos de Reso, monarca de Tracia y aliado de Troya, antes de que llegaran a beber de las aguas del río Janto. De ocurrir esto último, la victoria sería imposible.
Poder infiltrarse en el corazón de la amurallada ciudad, para extraer el sagrado Paladio, no solo requería de gran ingenio, sino también de una audacia a toda prueba. Además, deberían contar con el favor celestial, sin duda. Odiseo se valió de un ardid, al hacerse pasar por un fugitivo de los aqueos, golpeado y harapiento; de ese modo resultó imposible de reconocer. Mientras, Diomedes se las ingenió para colarse por un antiguo y olvidado pasaje. Una vez dentro de la ciudadela, aguardaron agazapados hasta el anochecer. Así, al amparo de las sombras, dieron cuenta de los centinelas, se hicieron con la sagrada estatuilla y huyeron a toda prisa. ¡Cuánta tristeza y desesperanza provocó su pérdida entre la gente de Troya!
Después de tan auspicioso comienzo, Odiseo navegó con rumbo hacia la isla de Esciros, a la corte del rey Licomedes. Iba en busca del joven Pirro, hijo de Aquiles y la princesa Deidamía. En adelante, se le conocería como Neoptólemo. Ansioso por vengar a su padre, de buena gana accedió a tomar parte en la contienda. Habían dado cumplimiento así, a la segunda condición impuesta por el Destino.
La siguiente tarea no parecía ser tan sencilla. Debían ir hasta Lemnos, en busca de Filoctetes, a quien una vez, hacía ya mucho tiempo, el propio Odiseo decidió dejar allí, abandonado a su suerte. ¿Cuánto odio podía haber acumulado su espíritu, luego de todos esos años?
El astuto Odiseo se valdría del joven hijo de Aquiles, para ablandar el ánimo de Filoctetes. En un intento por mitigar su odio y ganar su confianza, le hizo creer que él también odiaba al rey de Ítaca. Sin embargo, luego le insinuó la necesidad que tenían de contar con el arco y las saetas de Heracles, para finalmente acabar con los troyanos. El héroe tesalio se mantuvo empecinado en su negativa, hasta que el poderoso hijo de Zeus se le apareció en sueños y lo conminó a ir con ellos. Le aseguró que partir de entonces, los augurios le serían muy favorables. Aunque a regañadientes, Filoctetes accedió a sumarse a la causa.
Ahora les urgía retornar a Troya, con la mayor celeridad, para ir en procura de los magníficos caballos de Reso, el rey de Tracia. Como ya era costumbre, la infatigable Atenea se mantuvo a su lado, susurrando a su oído. De ese modo, lo condujo hasta el campamento tracio, sin que pudiera ser visto. Una vez más, se hizo acompañar por Diomedes. ¿Qué mejor elección? Antes de que alguien se percatara de su presencia, ya el desdichado Reso yacía, bañado en su propia sangre, junto a sus guardias. Los mismos corceles del rey, veloces como la brisa, les condujeron lejos del alcance de los enardecidos guerreros tracios. Se habían cumplido las condiciones impuestas por el oráculo. Ahora, ya nada podría interponerse entre ellos y la victoria final.
A todas estas, en el Olimpo, los dioses parecían estar más inquietos que nunca. A su manera, cada uno intentaba favorecer a su bando. Después de la muerte de Aquiles, Zeus les había permitido intervenir directamente en la lucha. Sin embargo, para ninguno de ellos era un secreto que el desenlace de la guerra ya estaba próximo. Pese a ello, la encarnizada contienda proseguía sin pausa. Hasta el cobarde Paris continuaba hostigando al enemigo, con sus certeros dardos. Incluso, logró herir a Diomedes. Entonces él no lo sospechaba, pero ya sus días estaban contados.
Por momentos, dioses y hombres se mezclaban en el campo de batalla. Diomedes se había hecho dueño del puesto que alguna vez fuera de Aquiles. Con su fuerza y su audacia, ya había demostrado ser capaz de enfrentar con éxito hasta a los propios inmortales. Ahora, parecía decidido a poner fin a la guerra por sí solo. Pero escrito estaba, que sería por la inteligencia y no por la fuerza, que la prolongada guerra llegaría a feliz término.
Finalmente, por la mano de Filoctetes se cumplió el destino de Paris, cuando fue alcanzado por una de las flechas impregnadas con la ponzoñosa sangre de la Hidra de Lerna. Sintiéndose morir, a toda prisa fue conducido a la ciudad. Allí, mandó a buscar a su primera esposa, la ninfa Enone, con la esperanza de ser curado. Olvidaba él, que el corazón de una mujer difícilmente perdona el desdén y la traición del ser amado. Impasible, ella permitió que el veneno hiciera su labor. Cuando al fin cambió de opinión, ya era demasiado tarde. Así sucumbió aquel ser nefasto, cuya actitud irresponsable había sumido a la ciudad de Troya en el caos y la tristeza.
Agamenón el átrida, convocó a su tienda a los principales caudillos argivos. Tras mucho argumentar y luego de varias horas, la única conclusión a la que consiguieron llegar, era que se necesitaba un cambio de estrategia, con toda premura. La casi totalidad de los hombres se encontraban extenuados y malhumorados, deseosos de regresar a sus hogares, en vista del estancamiento de la guerra. Odiseo se quedó meditando largamente el asunto y una vez más, la diosa de la sabiduría acudió en su ayuda.
Esa tarde, mientras él caminaba solitario, llamó su atención una pequeña paloma, que huía asustada de un voraz halcón. Gracias a su pequeño tamaño, consiguió ponerse a salvo entre el tupido ramaje. Entonces ocurrió algo poco usual. El halcón fue a posarse en la copa de un árbol, donde no podía ser visto por su presa. Allí esperó pacientemente, hasta que la confiada avecilla abandonara su improvisado refugio. Apenas esto ocurrió, el halcón cayó como un rayo sobre su sorprendida víctima y se alejó con ella entre sus garras. Para Odiseo aquello fue una verdadera revelación. En su mente inquieta comenzó a tomar forma lo que habría de hacerse.
Engañarían a los troyanos, fingiendo una retirada. El robo del Paladio, brindaba la excusa perfecta para hacer creíble la maniobra. Construirían un gigantesco caballo de madera, supuestamente como desagravio a Atenea. Lo dejarían abandonado junto a la playa, mientras la flota completa se perdía en el horizonte. Mientras, uno de ellos se dejaría capturar y fingiría haber desertado del ejército aqueo. Él se encargaría de explicar al enemigo, el significado de aquella ofrenda. Lo que nadie sabría, es que en su interior, el caballo llevaría oculto un puñado de guerreros, listos para dar el zarpazo final a la sufrida ciudad.
Una vez Odiseo explicó su plan, Agamenón y los demás jefes estuvieron de acuerdo. Con febril entusiasmo, se entregaron a la fabricación del colosal artilugio. Consiguieron la madera en los bosques del Monte Ida. El encargado de su construcción fue un hábil carpintero, cuyo nombre era Epeo, natural de la Fócide.
El engaño sería cuidadosamente montado, la flota entera debería zarpar en el día indicado, solo para ir a ocultarse en la cercana isla de Ténedos, en espera de la señal que les indicaría el momento de regresar a Troya, para asestar el golpe de gracia. Alguien sería entrenado para convencer a los troyanos, de que el caballo sólo era una ofrenda a los dioses y no representaba una amenaza para ellos. El encargado de ello fue Sinón, primo del rey de Ítaca.
De ese modo, como el ave de presa, Odiseo preparó la mortal celada. Sólo quedaba esperar por el descuido de la víctima…
Continuará…
No hay comentarios:
Publicar un comentario