domingo, 18 de enero de 2026

Carlomagno y la formación de Europa (Parte 3. El reinado de Pipino III).

 

Pocos meses después de la coronación de Pipino el breve, falleció el papa Zacarías. Después de un corto pero confuso interregno, el sucesor en el trono de San Pedro, cuyo nombre era Eduardo III, se encontró con un ejército enemigo, acampado a las puertas de la ciudad. Pipino, que era un político habilidoso, decidió obtener provecho de esa situación. Era ese, un buen momento para demostrar quién tenía en verdad el poder. 

De tal manera, se sentó a esperar a que el nuevo papa acudiera ante él, en solicitud de auxilio. Y eso no era todo, la presencia del pontífice podría resultar muy útil para afianzar el asunto de la legitimidad, esta vez, de manera definitiva. 

Se envió un mensaje a Astolfo, líder de los lombardos. Sin ambigüedad, le exigían que permitiera el libre paso del papa, a través de sus dominios. Eso incluía a Pavía, la sede del trono lombardo. A regañadientes, sabiendo que aquello en nada podía favorecerle, Astolfo accedió...

Al fin, el papa Eduardo, pudo atravesar los Alpes. A comienzos del año 754, se encontraba en las cercanías de la ciudad de Châlons, situada en la región de Neustria. Siempre calculador, Pipino envió a su hijo Carlos, quien para entonces contaba con solo doce años, para recibirlo y escoltarlo hasta el palacio. Ese larguirucho jovencito estaba destinado a convertirse en uno de los personajes más famosos de la historia. Sería mejor conocido con el nombre de Carlomagno. 

La visita papal se prolongó durante varios meses. El monarca franco consiguió todo lo que se proponía y más aun. Pipino III fue ungido y coronado de nuevo, esta vez por la mano del propio papa. Sus dos hijos fueron ungidos como príncipes herederos. Así, con el sello y la bendición papal, se marcó el inicio de la dinastía Carolingia en el trono de los francos. Por si todo eso no fuera suficiente, también se le otorgó el título de patricio romano. Ahora, llegaba su turno para cumplir con su parte de lo acordado. 

Esta vez, el nuevo mensaje para el rey lombardo era más bien una orden. Debería dejar a Roma en paz y además reintegrar los territorios tomados al Exarcado de Rávena, o tendría que asumir las consecuencias. Ahora, el empecinado rey Astolfo, hizo oídos sordos ante la amenaza. Apenas se dignó a conceder un salvoconducto, para el retorno del papa a Roma. 

A su vuelta, Eduardo III no estuvo solo, ni necesitó de ninguna autorización. El propio Pipino, al frente de su ejército, le sirvió de escolta. Los francos se abrieron paso, sofocando cualquier intento de resistencia por parte de los lombardos. De ese modo, invadieron la región septentrional de la actual Italia y llegaron a poner sitio a la ciudad de Pavía. El rey Astolfo, se rindió de inmediato. Hizo la promesa de reintegrar los territorios del Exarcado de Rávena. 

Tal vez el deseo de regresar pronto y la renuencia a mantener un asedio prolongado, lejos de sus tierras, llevaron a Pipino a dar por buena la palabra de Astolfo, de manera un tanto precipitada. Las fuerzas lombardas habían quedado casi intactas, por lo que su rey decidió jugar de nuevo la misma carta. Por asombroso que pueda parecer, en el año 756, se repitió la anterior escena. La ciudad de Roma, se encontró sitiada de nuevo por los lombardos. Pipino debió reflexionar largamente, al enterarse de esa noticia...

Incrédulo, Pipino parecía negado a movilizar de nuevo su ejército hacia Italia. ¡No había pasado sino un poco más de un año! Tanto insistió el papa y con tanta elocuencia, que logró convencerlo, pese a la oposición que existía en la corte de los francos. Estos tomaron el camino al sur nuevamente, cruzaron los Alpes y cayeron con toda su fuerza sobre las fuerzas lombardas, a las que derrotaron una vez más.

Pipino en esta ocasión actuó con mayor severidad y se encargó personalmente de poner punto final al enojoso asunto. Puso sitio a la ciudad de Pavía y no cedió hasta obtener la rendición incondicional de Astolfo. Se tomaron rehenes y se exigió un pago elevado. También se le obligó a la completa devolución de los territorios conquistados. Por supuesto, esto incluía al Exarcado de Rávena, ahora sujetos a la discreción del rey de los francos. Hay que decir, que Astolfo murió durante una cacería, a finales del año 756. Su sucesor, no mostró ninguna apetencia por los territorios entregados tras la derrota lombarda. 

Una comitiva del emperador bizantino reclamó la restitución inmediata de sus dominios. Por el contrario, Pipino, no solamente había conjurado la amenaza sobre Roma, sino que también entregó al papa todas las tierras en litigio. De ese modo, este adquirió un poder similar al de cualquier mandatario seglar. 

A ese episodio se le conoce como la Donación de Pipino, que fue el origen de los Estados Pontificios. Estos territorios, serían gobernados por los papas durante los próximos once siglos. Es posible que eso haya sido una consecuencia de un documento más antiguo: la Donación de Constantino. Según ella, ese emperador asignaba al papa la mitad occidental del imperio. Con el tiempo, se demostró que tal documento era apócrifo. Pese a todo, ese documento falso fue responsable del exagerado poder papal durante la Edad Media. 

El resto del reinado de Pipino, fue una prolongada secuencia de éxitos militares y políticos. El reino de los francos se expandió hasta el sur de la Galia. Expulsó a los musulmanes de la Septimania, controló la rebelión en la Aquitania y logró establecer buenas relaciones con el levantisco pueblo vasco.

Consolidó la alianza entre la monarquía franca y el papado. Estimuló y cooperó con las reformas religiosas y administrativas iniciadas por San Bonifacio. Se atendió a la alfabetización y la educación religiosa. En suma, durante su reinado sentó la monarquía franca sobre bases firmes. Todo ello preparó el terreno para el posterior éxito de su hijo, el famoso emperador Carlomagno.    

 




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