jueves, 17 de diciembre de 2015

Sigfrido y el Oro de los Nibelungos (parte III)




Boda de Sigiberto I y Brunilda. Fuente: http://www.bnf.fr
Al revisar los relatos míticos y las leyendas, resulta muy interesante el intentar encontrarles sus posibles bases históricas, un origen probable. La comparación entre los hechos "reales" y la ficción proporciona un retrato fiel del modo de pensar, de las aspiraciones de cada grupo humano; por supuesto, también de la imaginación y la capacidad poética de determinadas sociedades antiguas. Si aun hoy vemos la facilidad con la que se mitifican y exaltan ciertos hechos y personajes, no resulta para nada extraño que eso pudiese ocurrir en el pasado.



El Reino de los Francos, ca. 561. Por Droysen/Andre. G. Kaufmann, rev.
En los albores de la Edad Media, hacia el siglo VI de nuestra era, una buena parte de lo que anteriormente había pertenecido al Imperio Romano de Occidente entonces constituía el Reino de los Francos, pueblos que tenían origen germánico. Sus dominios incluían casi toda la antigua Galia y algunos territorios de Germania. Más adelante, otros reyes se encargarían de ampliar considerablemente esas posesiones. Sin embargo, siempre se presentaba un serio problema, los reyes francos tenían la costumbre de dividir estos territorios entre sus hijos, como herencia, lo que se constituyó en una fuente de permanentes conflictos. Hasta que al fin llegaba un monarca hábil... y poderoso, que lograba reunificar el reino de nuevo. 



Asesinato de Sigiberto I. Jean Fouquet. ca.1455. Fuente: http://bnf.fr
Austrasia, situada hacia el este, y Neustria, hacia el occidente, eran dos de las divisiones más importantes del reino franco. Las intrigas entre sus gobernantes, que eran hermanos, condujo a que, hacia el año 573, terminaran por declararse la guerra. Sus esposas, que se odiaban a muerte, también hicieron la guerra a su manera. La reina de Austrasia se llamaba Brunilda, y se ha llegado a suponer que todo lo que ocurrió después, que incluyó no solo terribles luchas, sino también viles asesinatos, fue deformado poéticamente para inspirar el Cantar de los Nibelungos.

 
Atila, Por Eugène Delacroix, detalle
Si a todo esto se unen los hechos de Atila, (que ocurrieron un siglo antes): su matrimonio por razones políticas, la destrucción del reino burgundio de Worms, y su muerte en circunstancias misteriosas, bien se pueden tener los ingredientes para un relato legendario y mitológico. Más aun, los nombres de varios personajes que participaron en esos hechos históricos también sugieren una posible relación con esta leyenda. La imaginación popular y el paso del tiempo terminarían haciendo lo demás...

                           
                                                       Brunilda
Las Valquirias, por Peter Nicolai Arbo, 1869


El sueño de Brunilda. Arthur Rackham, 1910
Una isla volcánica, en los confines del mundo, era el hogar de Brunilda, la valquiria que una vez osó desobedecer a Odín. Su destino como mortal había quedado enlazado al de Sigfrido, el vencedor del dragón. Solo él podría atravesar el fuego que la rodeaba. Ella y todo a su alrededor dormía, en espera de ese momento. Era sabido además, que solo podria desposar a quien la venciera en combate. 

El héroe, siempre temerario, tomó la ruta hacia esos recónditos lugares. Cuando ya en su andar se aproximaba al muro de fuego, un anciano, quien no era otro que Odín, le salió al paso, conminándolo a no seguir adelante. Tras una breve disputa, el dios le interpuso su lanza, pero Sigfrido con un golpe de la espada Balmung la partió en dos. Resignado, Odín le permitió seguir adelante... los presagios sobre el crepúsculo de los dioses seguían cumpliéndose. 



Brunilda despierta agradecida, por Arthur Rackham, 1911
En la medida en que Sigfrido se acercaba al fuego, este iba extinguiéndose. ¡Todo a su paso cobraba vida! Así, llegó a donde Brunilda dormía. Una vez que estuvo a su lado, ella despertó de su largo sueño, se incorporó, y preguntó su nombre al extraño... al saber que se trataba de Sigfrido, todas las cosas adquirían un significado. Él, al ver a la bella mujer, sintió una profunda emoción. Tal vez, por fin, estaba conociendo el significado del miedo... 





Sigfrido y Brunilda. Por A. Rackham, 1911
No hubo necesidad de hacer más preguntas, ellos se dedicaron a compartir su amor, tan nuevo, pero tan real. En esos momentos, el universo era solo para ellos dos. La valquiria... la mujer, por vez primera, se dejaba arrastrar al dulce éxtasis del amor. Algo poderoso, que no lograban entender, los había unido inexorablemente. Sigfrido, sin embargo, había de continuar con su viaje, muchas hazañas le restaban por realizar, también eran parte de su destino. Entonces ella, con su gran sabiduría, no intentó retenerlo y se dedicó a aconsejar buenamente a Sigfrido, en todo lo que estaba a su alcance. Antes de marcharse, él le entregó su anillo a Brunilda, prometiéndole que volvería a buscarla, y ya siempre estarían juntos.



Al cabo de cierto tiempo, Sigfrido era un héroe cubierto por la gloria: había derrotado a poderosos reyes, a grandes ejércitos. Su sola presencia era señal de victoria en cualquier bando que decidiese apoyar. Esto, unido al hecho de haber vencido al pavoroso Fafner, a su invulnerabilidad, y al gran tesoro que logró conquistar, hacía que fuese considerado como un auténtico semidios. Muchos siglos después, sus hazañas seguirían siendo cantadas por los poetas.


Entrada triunfal de Sigfrido en Burgundia. Autor desconocido, 1914
Siendo como era, su fama volaba muy por delante suyo: ya en la ciudad de Worms, en el reino de los burgundios, sabían de su próxima llegada. Allí le esperaba de nuevo el amor, pero también la traición, y un fatal destino. El poderoso Gunter, quien era el monarca, sabía de la existencia de Brunilda, y tercamente consideraba que era la única mujer a la cual podía convertir en su reina. El consejero real, llamado Hagen, le había recomendado que aprovechase la presencia de Sigfrido, vencedor del dragón, y único ser humano capaz de derrotar a la soberbia reina de Islandia. De este modo, urdieron un plan, en el que Sigfrido se enamoraría de la princesa Krimilda, hermana del rey. Sin embargo, antes de concederle su mano, tendría que conseguir a Brunilda para Gunter.



Sigfrido y Krimilda, por Arthur Rackham, 1911
Sigfrido navegaba por el Rin, cuando se acercó a Worms. Allí desembarcó, e inmediatamente fue recibido por el rey Gunter. Con la nobleza de la que hacía gala, puso sus armas y su vida al servicio del rey que lo acogía con tanta hospitalidad. Hagen intervino, socarronamente lo cubría de halagos, y promesas de eterna amistad, cuando la muy hermosa Krimilda, apareció portando entre sus manos una copa, que ofreció al sediento héroe. Galantemente, Sigfrido aceptó, y sorbió el líquido que tan bella joven le ofrecía. Pero se trataba de una poción mágica, mandada a preparar por Hagen, que hizo que de inmediato se enamorara, sin remedio, de Krimilda. 




Brunilda, por Arthur Rackham, 1911
Un amor puro y hermoso brotaría de su corazón, y en seguida se lo hizo saber a la bella Krimilda, quien ya lo amaba, aun antes de conocerlo. Por desgracia, él no lograba recordar nada de Brunilda, quien, amorosa, lo esperaba en la lejana Islandia. Graves y trágicas serían las consecuencias de este engaño. Inocentemente, Sigfrido solicitó el permiso de Gunter, para desposar a su hermana, pero este le explicó, mostrándose apesadumbrado, que las costumbres del país no permitían el matrimonio de la princesa, antes que el suyo, y que lamentablemente... el amaba a una mujer que le era imposible conseguir: Brunilda. El pérfido plan de Hagen marchaba a la perfección.



La prueba de fuerza, por Howard Pyle, 1899
No les resultó difícil el convencer a Sigfrido, dado el apasionado amor que sentía por Krimilda, de tomar parte en la estratagema, gracias a su habilidad como guerrero. Una vez derrotada Brunilda, tendría que aceptar el convertirse en la esposa de Gunter, creyendo que era él quien la había vencido. De este modo, surcaron los mares rumbo a Islandia. El yelmo mágico le permitió al héroe tomar la apariencia de Gunter. De nuevo se encontró atravesando el muro de fuego, para luego derrotar a Brunilda, sin haber pasado por su mente el más leve recuerdo de quien era ella, y cuanto significaba para él . Durante la lucha, la despojó del anillo que antes le había dejado como prenda de su amor.

                                                    
Brunilda domina a Gunter, por Joseph Sattler, 1904
Con todo esto, Brunilda no había quedado ni ligeramente conforme: no tenía dudas de que Sigfrido era el elegido, él fue quien atravesó el fuego mágico una vez, y la había despertado de su profundo sueño; juntos ya se habían hecho votos de eterno amor. Ahora regresaba, pero formando parte del séquito de un rey, de quien ella estaba segura que sería solo un débil adversario. Aun así, cumplió con su palabra, y emprendieron todos el viaje de regreso a Worms. En el barco, cuando se hallaban solos, emplazó a Gunter a que la venciera de nuevo. No tuvo que hacer ningún esfuerzo para dominarlo... entonces fue obvio para ella que ese hombre no podría ser quien la venció en Islandia.


Gunter y Brunilda. Autor desconocido, 1914
Por desgracia, el corazón de Brunilda se fue llenando de odio, mucho más al contemplar la radiante felicidad que mostraban Krimilda y Sigfrido. Llegado el día en que se realizó la doble boda, ya se hacía evidente que la reina de Islandia no era felíz en modo alguno, sin duda que los celos la estaban atormentando. Esta situación llegó a tal extremo, que ella prefería pasar casi todo el tiempo encerrada en sus habitaciones, rehuyendo toda compañía, incluída la de el rey Gunter, quien no hallaba la solución para tal problema.  


Krimilda y Brunilda
El colmo llegó cuando cierto día, a la entrada de un templo, ella coincidió con Krimilda, y no perdió la oportunidad para exteriorizar todo ese odio que había acumulado. Altaneramente la detuvo, diciendo que los vasallos debían ceder el paso a sus señores. Krimilda, dejándose llevar por la soberbia, le echó en cara que Sigfrido, su esposo, no era segundo de nadie, ni siquiera del rey Gunter. Esto provocó la burla cruel de Brunilda, ante la cual, Krimilda airada le replicó que revisara bien, y abriera los ojos, para que se enterara de quien la había derrotado en Islandia. Acto seguido, y con mucho orgullo, le exhibió en su dedo el anillo que Sigfrido le había arrancado durante esa lucha.

 
Las valquirias cabalgan. Por William T. Maud, 1890
Brunilda cayó, como fulminada por un rayo. Por su mente desfilaban las imágenes de toda su vida: pudo contemplarse a sí misma, cabalgando, llena de poder, con las otras valquirias. Luego, el momento de sufrir la dura condena de Odín. Su pesado sueño. También los momentos felices junto a Sigfrido, para luego mirar, en una revelación, que había sido él, y no Gunter, quien la había vencido. Una vez que despertó, no fue sino para encerrarse de nuevo en sus habitaciones, jurando que no probaría bocado, ni bebería líquido alguno, hasta que Sigfrido no hubiese muerto. La maldición de Albérico de nuevo se asomaba, con toda su infame crueldad...




No hay comentarios:

Publicar un comentario