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| Troya y el campamento aqueo. Imagen obtenida mediante la IA de Google, por Daniel Delgado, 2026. |
Diez años habían pasado y Troya seguía en pie de lucha. Su inexpugnable muralla, obra de los dioses, la había protegido los más fieros embates. Los aqueos ahora no contaban con el empuje de sus mejores hombres, como una vez lo fueron Aquiles y Áyax el Grande. Así que la esperanza del triunfo parecía desvanecerse, día con día. ¿Cómo podía el príncipe Paris, el causante de aquella hecatombe, seguir respirando tranquilo, mientras que tantos valientes habían dejado sus hogares, solo para ir a morir en esas tierras lejanas?
Al igual que muchos en el campamento, Odiseo estaba cansado, harto de la contienda infinita y estéril. Pero abandonarlo todo, para retirarse, a esas alturas, era algo impensable. Se trataba de una cuestión de honor. El rey de Ítaca de nuevo acudió ante su protectora, la divina Atenea, en busca de consejo. ¿Qué podían hacer, sobre todo ahora que la mala hierba del pesimismo cundía por doquier? ¿Cómo se le podía negar a un hombre el derecho a regresar a casa, a abrazar a su familia?
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| Palas Atenea le habla a Odiseo. Imagen obtenida mediante la IA de Google, por Daniel Delgado, 2026. |
La diosa se manifestó a través de Héleno, uno de los hijos del rey de Troya, quién permanecía como rehén de los aqueos. Al igual que su hermana Casandra, poseía el don de hurgar en el porvenir. Se vio forzado a revelar para sus captores, lo que habrían de hacer. Así, irónicamente, las palabras que terminaron de sellar la suerte de la infortunada ciudad, saldrían de la boca de uno de sus hijos...
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| Templo de Atenea en Troya. Imagen obtenida mediante la IA de Google, por Daniel Delgado, 2026. |
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| Odiseo y Diomedes hurtan el Paladio. Imagen obtenida mediante la IA de Google, por Daniel Delgado. |
Después de tan auspicioso comienzo, Odiseo navegó con rumbo hacia la isla de Esciros, a la corte del rey Licomedes. Allí se encontraba el joven Pirro, hijo de Aquiles y la princesa Deidamía. En adelante, se le conocería como Neoptólemo. Ansioso por vengar a su padre, de buena gana accedió a tomar parte en la contienda. Habían dado cumplimiento así, a la segunda condición impuesta por el oráculo.
La siguiente tarea no parecía ser tan sencilla. Debían ir hasta Lemnos, en busca de Filoctetes, a quien una vez, hacía ya mucho tiempo, el propio Odiseo decidió dejar allí, abandonado a su suerte. ¿Cuánto odio podía haber acumulado su espíritu, luego de todos esos años?
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| Odiseo y Neoptólemo, frente a Filoctetes, en Lemnos. Imagen obtenida mediante la IA de Google, por Daniel Delgado, 2026. |
Ahora les urgía retornar a Troya, con la mayor celeridad, para ir en procura de los magníficos caballos de Reso, el rey de Tracia. Como ya era costumbre, la infatigable Atenea se mantuvo a su lado, susurrando a su oído. De ese modo, lo condujo hasta el campamento tracio, sin que pudiera ser visto. Una vez más, se hizo acompañar por Diomedes. ¿Qué mejor elección? Antes de que alguien se percatara de su presencia, ya el desdichado Reso yacía, bañado en su propia sangre, junto a sus guardias. Los mismos corceles del rey, veloces como la brisa, les condujeron lejos del alcance de los enardecidos guerreros tracios. Se habían cumplido las condiciones impuestas por el oráculo. Ahora, ya nada podría interponerse entre ellos y la victoria final.
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| Odiseo y Diomedes hurtan los caballos del rey Reso. Imagen obtenida mediante la IA de Google, por Daniel Delgado, 2026. |
A todas estas, en el Olimpo, los dioses parecían estar más inquietos que nunca. A su manera, cada uno intentaba favorecer a su bando. Después de la muerte de Aquiles, Zeus les había permitido intervenir directamente en la lucha. Sin embargo, para ninguno de ellos era un secreto que el desenlace de la guerra ya estaba próximo. Pese a ello, la encarnizada contienda proseguía sin pausa. Hasta el cobarde Paris continuaba hostigando al enemigo, con sus certeros dardos. Incluso, logró herir a Diomedes. Entonces él no lo sospechaba, pero ya sus días estaban contados.
Por momentos, dioses y hombres se confundían en el campo de batalla. Diomedes se había hecho dueño del puesto que alguna vez fuera de Aquiles. Con su fuerza y su audacia, ya había demostrado ser capaz de enfrentar con éxito hasta a los propios inmortales. Ahora, parecía decidido a poner fin a la guerra por sí solo. Pero escrito estaba, que sería por la inteligencia y no por la fuerza, que la prolongada guerra llegaría a su término.
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| Filoctetes y Paris. Imagen obtenida mediante la IA de Google, por Daniel Delgado, 2026. |
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| Agamenón y los jefes aqueos reunidos. Imagen obtenida mediante la IA de Google, por Daniel Delgado, 2026. |
Esa tarde, mientras él caminaba solitario, llamó su atención una pequeña paloma, que huía asustada de un voraz halcón. Gracias a su tamaño, ella consiguió ponerse a salvo entre el tupido ramaje. Entonces ocurrió algo poco usual. El halcón fue a posarse en la copa de un árbol, donde no podía ser visto por su presa. Allí esperó pacientemente, hasta que la confiada avecilla abandonara su improvisado refugio. Apenas esto ocurrió, el halcón cayó como un rayo sobre su sorprendida víctima y se alejó con ella entre sus garras. Para Odiseo aquello fue una verdadera revelación. En su mente inquieta, comenzó a tomar forma lo que habría de hacerse.
Engañarían a los troyanos, fingiendo una retirada. El robo del Paladio brindaba la excusa perfecta para hacer creíble la maniobra. Construirían un gigantesco caballo de madera, supuestamente como desagravio a Atenea. Lo dejarían abandonado junto a la playa, mientras la flota completa desaparecía en el horizonte. Mientras, uno de ellos se dejaría capturar y fingiría haber desertado del ejército aqueo. Él se encargaría de explicar al enemigo, el significado de aquella ofrenda. Lo que nadie sabría, es que en su interior, el caballo llevaría oculto un puñado de guerreros, listos para dar el zarpazo final a la sufrida ciudad.
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| La construcción del caballo... Imagen obtenida mediante la IA de Google, por Daniel Delgado, 2026. |
El engaño sería cuidadosamente montado, la flota entera debería zarpar en el día indicado, solo para ir a ocultarse en la cercana isla de Ténedos, en espera de la señal que les indicaría el momento de regresar a Troya, para asestar el golpe de gracia. Alguien sería entrenado para convencer a los troyanos, de que el caballo sólo era una ofrenda a los dioses y no representaba una amenaza para ellos. El encargado de ello fue Sinón, primo del rey de Ítaca.
De ese modo, como el ave de presa, Odiseo preparó la mortal celada. Sólo quedaba esperar por el descuido de la víctima…
Continuará…









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