domingo, 4 de diciembre de 2016

Curiosidades y Leyendas Históricas (parte II).


Prefectura de Arrás, Francia. Foto por Pir6mon, 2011
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Un lobo vestido de oveja.


Hacia 1785, vivía en la pequeña ciudad de Arrás, al norte de Francia, un joven y desconocido abogado. No resultaba ser una persona especialmente llamativa. Con toda seguridad, él era otro más, destinado a convertirse en un burócrata, de los tantos que pululaban por entonces. En él afloraba aquel aire de burgués, elegantemente trajeado, luciendo una empolvada peluca, tan de moda entre las clases pudientes. Ese hombre, sin embargo, era al mismo tiempo, un ferviente fanático de la obra de Jean-Jacques Rousseau, el polémico pensador que moldeó el pensamiento de tantos jóvenes durante el último tercio del Siglo XVIII. Su adicción era tal, que hasta podría decirse que rayaba en lo enfermizo. Algo es innegable: ese tipo de lecturas fueron abonando el terreno para los notables acontecimientos que ocurrirían, no solo en Francia, sino en una gran parte del mundo occidental, algunos años después.





Casa de Robespierre,  Arrás, Francia. Construída en 1730.  Foto: Saber68 año 2013
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Por aquellos días, era prácticamente imposible que alguien pudiese albergar dudas sobre el destino de ese joven abogado: él llegaría a ser un hombre justo. ¿Como podía causar una mala impresión una persona, con espíritu de poeta, quien además de su aspecto externo, también daba muestras de una bondad y una compasión poco comunes? Es conocido el hecho de que en cierta oportunidad, rechazó un cargo de Juez, por la única razón de que su conciencia no le permitiría dictar una pena de muerte, en el caso de que fuera necesario. Era algo que le producía verdadero horror y repugnancia, a un hombre de sentimientos tan humanitarios.




Maximilien de Robespierre, ca.1790  Oleo. Museo Carnavalet. Foto: www.paris.fr/portail/Culture
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¿Quien podría pensar entonces que ese mismo ser humano llegaría a sufrir una transformación en verdad asombrosa? En él prendieron elevadas ideas de la virtud republicana, pero las llevó a tal extremo, que llegaría a convertirse en un verdadero monstruo. Alguien que al intentar imponer esas ideas, a sangre y fuego, terminaría llevando al cadalso a un impresionante número de personas. Este personaje fue Maximilien Robespierre, el verdadero artífice del reinado del terror, que se vivió en Francia, en los tiempos de la famosa revolución de 1789. 



La Toma de la Bastilla. Acuarela por: Jean-Pierre Houël, 1789
Biblioteca nacional de Francia.

Su carrera política puede ser considerada como fulgurante, meteórica, con un brillo que crecía con la intensidad de la revolución, pero que también se apagó junto a ella. Al ocurrir la Toma de la Bastilla, marchó a París, adonde asistió como diputado durante la elección de los Estados Generales. Más adelante, lograría alcanzar la presidencia de la Convención Nacional. Ya para entonces él gozaba de una gran fama por sus discursos, que podían ser considerados como fríos, pero llenos de razonamientos contundentes, demoledores. Sus argumentos resultaban muy difíciles de rebatir; debido a ello, al descubrir que sus palabras le permitían manipular a su voluntad la opinión colectiva, fue adquiriendo una fuerza y una elocuencia, que terminó por propagar, fatalmente, la enfermedad que llevaba en su espíritu: un fanatismo descontrolado.



Ejecución de Luis XVI. Grabado por Isidore Stanilas Helman ,1794. Biblioteca nacional de Francia. 

Algo que comenzó con una proclamación de principios y derechos fundamentales, llegaría a convertirse en una verdadera orgía de sangre, y el incorruptible jacobino terminaría por colocarse al frente del llamado Comité de Salvación Pública, prácticamente portando en sus manos, la hoz que segó tantas vidas: la hoja de la guillotina. Muchos aristócratas vieron llegar su final... pero el mortal artilugio, parecía aumentar cada vez más su apetito, hasta que llegaron a rodar las cabezas del rey Luis XVI y la reina María Antonieta, ante una delirante multitud. En adelante, los hechos tomarían el perverso camino de la sospecha y la delación, lo que condujo a muchos revolucionarios al cadalso. La revolución entonces comenzaba a devorar a sus hijos. Cuando cayó Danton, uno de los grandes jefes, ya nadie podía dormir tranquilo; aquel terrorífico incendio, bajo la fría mirada de Robespierre, amenazaba con consumirlo todo. Este hombre, quien parecía destinado a construir, tristemente acabaría siendo un destructor. 

En poco más de un año, más de dos mil personas perecieron decapitadas. En ciertos días, podían haber unos treinta ajusticiamientos. Los compañeros más cercanos a Robespierre, decidieron adelantársele, y lo arrestaron, luego de un pequeño forcejeo, el 27 de julio de 1794. Sin fórmula de juicio, como era lo acostumbrado, tuvo su cita con la guillotina, un día después. Sin duda, debió saborear amargamente el convertirse en otra víctima de su propia obra.

Es posible que aquello haya sido como uno de esos incendios que abonan la tierra, para una posterior siembra. La rueda de la historia, entonces comenzaría a girar de nuevo...



El rey aprendiz


La Rusia de finales del siglo XVII, era un inmenso territorio misterioso e inaccesible, para la mentalidad europea. En realidad, era un país sumamente conservador en sus costumbres, con un feudalismo casi medieval; podría llegar a decirse, sin temor a sufrir una gran equivocación, que era un país atrasado. En ese ambiente surgiría un hombre que a pesar de las dramáticas contradicciones de su vida, logró modernizar ese país, e integrarlo a la órbita de occidente, algo que sería de enorme influencia en el equilibrio de la geopolítica mundial, a partir de entonces.




Pedro I el Grande. Zar de Rusia. Copiado de Jean-Marc Nattier, 1717
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Tal hombre fue Pedro I, llamado el Grande, Zar de todas las Rusias. La corona recayó en él casi por obra del azar , no obstante la gran oposición que encontró en su media hermana (era el tercero en la línea sucesoral). Durante su niñez fue víctima de una marcada segregación familiar, pero esto, lejos de causarle daño, colaboró a fortalecerlo físicamente; además, el contacto con extranjeros le permitió abrir los ojos ante un mundo casi desconocido para los rusos. En aquel joven, verdadero autodidacta, comenzó a desarrollarse una conciencia práctica. Era alguien que le otorgaba un gran valor al aprendizaje básico, y al trabajo constante, para el logro de los objetivos. Sin duda, el poseía una mentalidad adelantada para la Rusia de entonces.



Pedro I en el taller. Por: M. Klodt 1872 {{PD-US}} 

En el año de 1697, pocos notarían la presencia de un joven ruso, en Zaandam, uno de los mejores astilleros holandeses. Estuvo allí por poco tiempo, realizando las duras labores de un verdadero aprendiz. Ese muchacho, dispuesto a aprender los más elementales secretos de la construcción de aquellos magníficos barcos a vela, no era otro que el zar de Rusia, Pedro I, el monarca de unos territorios inconmensurables, quien vivía allí, como cualquier otro obrero, en una modesta casa de madera, la cual, por cierto, existe hoy en día, y está abierta a los visitantes.



Pedro el Grande inspecciona un barco en Amsterdam. Por Abraham Storck, ca. 1700 Foto: Royal Museums Greenwich
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Esto es algo que dice mucho de la personalidad de aquel hombre, quien quería convertir a su país en una potencia marítima, por lo que decidió aprender sobre la construcción de los barcos, por sí mismo, sin delegar esa responsabilidad en nadie. Su ambición era abrir a Rusia a los grandes adelantos y conocimientos de la época. En más de una ocasión participó de incógnito, como uno más, dentro de las delegaciones que enviaba a los diferentes países, que por algún motivo le interesaban. Esto es algo que resulta comprensible, ya que él basaba su estrategia en el flujo natural de la información, descartando la posible presión que su presencia podría causar.

Pedro I cumplió con su meta de construir una poderosa marina de guerra, además de modernizar su ejército. Una vez más, aquel monarca optaría por comenzar desde cero, como un simple grumete, en lugar de hacerlo como oficial jefe. Tendría que ganarse sus ascensos, para luego ejercer el mando con todo el conocimiento necesario. ¡Todo un notable personaje, sin duda!



 Cortando la barba a un boyardo. Por: G. von Urlaub, 1893. Fuente: http://allegro.pl  {{PD-US}} 

Ese hombre, colmado además de una vitalidad que le hacía llevar una vida de gran desenfreno, logró modernizar a Rusia, aun en contra de la voluntad de buena parte de sus habitantes. A más de un orgulloso boyardo le tocaría afrontar que el zar, por su propia mano, le cortara su frondosa barba. El vestido de hombres y mujeres también se adecuó a los tiempos que corrían. La rebelión que estas reformas ocasionaron, fue ahogada en sangre, era el lado oscuro de Pedro el Grande.




Batalla naval de Grengam, última gran batalla de la Gran Guerra del Norte, por Alexei Fyodiorovich Zubov, 1721
Fuente: http://album.photo.ru  Museo Hermitage, San Petersburgo, Rusia.

Tras una cruel guerra de veintiún años contra Suecia, los rusos conquistarían su acceso al Mar Báltico. Tantos años de esfuerzos, de gestiones diplomáticas, a menudo sobreponiéndose a duras derrotas, a fin de cuentas habían producido sus dulces frutos; todo ello gracias a la visión de Pedro el Grande... Para afianzar esa victoria, y como la confirmación de su política de acercamiento a Europa, surgiría entre canales, la maravillosa ciudad de San Petersburgo, llamada  la Venecia del Norte.

Seguramente para entonces, Pedro el Grande, el zar de todas las Rusias, ya no sentiría ninguna necesidad de viajar de incógnito...




Interior de la Comedia Francesa, París. Finales del siglo XVIII.
  Acuarela por A. Meunier.Fuente: http://gallica.bnf.fr   {{PD-US}} 

Escribió su propio final


El arte de la comedia no siempre fue bien visto; hubo épocas en las cuales la diferencia entre un actor, y un delincuente, para muchos no estaba muy clara. Paradójicamente, al mismo tiempo, era algo que gozaba de una gran popularidad. A comienzos del siglo XVII, numeroso público se agolpaba en ciertas calles de París, para deleitarse con aquellas farsas, cargadas de un humor sencillo y pícaro, basado en la improvisación de los actores. En ellas abundaban los equívocos, la burla a ciertos personajes públicos... y las zurras. Era la comedia popular italiana, que había plantado sus raices en Francia, influyendo a su vez en la formación de compañías autóctonas.

Hay que decir que la mayor parte de la concurrencia de aquellas funciones era gente del pueblo; sin embargo, disimulados entre la multitud, siempre se hallaban personas de diferentes niveles sociales. Como es fácil de imaginar, también los niños, entre tanta gente adulta, se esforzarían por hacerse de un lugar que les permitiera contemplar el espectáculo. Con el tiempo, uno de esos niños se encargaría de dar gran lustre al teatro francés. Se llamaba Jean-Baptiste Poquelin, quien llegaría a ser mejor conocido por un seudónimo.

Su padre era un próspero artesano, nada menos que el tapicero favorito del rey Luis XIII, lo que parecía augurar un prometedor futuro para el joven Jean-Baptiste, quien además tuvo la oportunidad de recibir una esmerada educación, llegando a estudiar Filosofía y Derecho. 



Molière. Por Pierre Mignard, ca. 1658
Foto: René-Gabriel Ojéda. Musée Condé, Francia
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Ah... pero su destino era otro. Su incontrolable afición al teatro, y muy posiblemente el amor, le llevaron a contrariar a su padre, y asociarse a un grupo de artistas, llamados la familia Béjart, la cual, como era de suponer, no gozaba de muy buena fama. Así, con tan solo veintiún años, enamorado de Madeleine Béjart, se echó sus sueños al hombro y se hizo comediante. La mala reputación de los actores le obligaría a cambiar su nombre, en adelante se haría llamar Molière.



Luis XIV y Molière. Por Jean-León Gérôme, 1862. Malden Public Library, Malden Ma. Foto:Rlbberlin {{PD-US}}
Desde entonces, su vida sería azarosa, llena de altibajos. Pero su talento y su genio terminaron por llevarle al sitial que merecía. A pesar de ser un personaje polémico, y de sufrir no pocas persecusiones, él logró convertirse en un protegido del rey Luis XIV. En sus inmortales obras, creó inolvidables personajes tragicómicos, con los cuales supo representar y caricaturizar a los principales tipos humanos de aquella sociedad, en la cual reinaba la hipocresía. A través del humor, impartía fustigantes lecciones, en las cuales, más de uno podía verse retratado. 


La Escuela de las Mujeres. Portada de la edición de 1719.
Grabado por  T. de Marc    {{PD-US}}
Como una gran ironía, durante su madurez comenzaron a acosarlo algunas situaciones similares a las que él tantas veces había satirizado sin misericordia. El hecho de haberse casado con una mujer mucho más joven, Armande Béjart, lo había convertido en el viejo celoso y burlado, de quien todos se reían. Ese matrimonio de farsa, unido a un exceso de trabajo, no hizo más que amargarle la vida. Aquel viejo prematuro, terminaría por caer en las manos de los médicos, por quienes sentía una verdadera fobia, de lo cual dejaba constancia cada vez tenía la oportunidad.

En su última comedia, titulada El Enfermo Imaginario, Molière representa a un pobre hombre, a un hipocondríaco, algo que lo convierte en la víctima de toda clase de médicos y embaucadores, quienes casi lo matan con sus falsas recetas, con tal de sacarle el dinero. Al final, él se da cuenta de tales engaños y se cura a sí mismo. Llega entonces un momento en el cual el personaje finge su muerte, para burlarse de los médicos. Durante la cuarta representación de esa obra, el 17 de febrero de 1673, haciendo esa escena, Moliere, el padre de la Comedia Francesa, sufriría un agudo ataque de hemoptisis que ocasionó su muerte. En el diario de anotaciones que se llevaba en aquel teatro, alguien escribió, con gran simpleza: "Hoy, durante la representación, murió Molière."




Fachada de la Comedia Francesa. Foto: Dottore Gianni, 2007
Fuente: Heironimohrkach.blogspot.mx
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Tal vez en esa última oportunidad, aquel travieso juglar haya querido reirse de sí mismo, al escribir y representar su propia muerte...



 









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