Con la desaparición de Héctor, quedaba decretada la ruina de Troya. En vista de ello, en el palacio del monte Olimpo, Zeus se había reunido con los dioses principales. Sólo él habló. Se notaba contrariado y molesto, así que lo más sensato era escuchar y callar. Ordenó que en adelante, todos deberían guardarse de intervenir en la contienda. Mientras esto decía, clavó su mirada en Hera y Atenea, quienes constantemente se las ingeniaban para burlar su real voluntad. A pesar de no ocultar su simpatía por el bando troyano, el rey de los dioses les dijo que ya era tiempo de permitir que se cumplieran las viejas profecías. Aun así, quiso intervenir una vez más, solo para ver que el cuerpo del héroe recibiera los honores fúnebres, que de sobra merecía.
Entretanto, Aquiles no dejaba de pensar en la cercanía de su final, en su propia muerte. El cómo y cuándo… era imposible saberlo. Pero más que otra cosa, le frustraba tener la certidumbre de que sus ojos jamás verían el final de la guerra ¡Dioses, cuánto habría dado por vivir ese momento!
Como si saliera de un profundo sopor, Aquiles retornó a la lucha, apenas se cumplió el plazo acordado para los funerales de Héctor. Lo asumió del único modo en el que sabía hacerlo. Con el sol de la mañana, se calzaba sus magníficas armas y salía a enfrentar cada nuevo día, sin saber si sería el último de ellos.
Por entonces, ciertos aires de esperanza vinieron a insuflar ánimo a los sitiados. Troya aún contaba con aliados poderosos, más que dispuestos a acudir en su ayuda. Pero esa ilusión también habría de desvanecerse, demasiado pronto tal vez...
Desde los apartados confines del Ponto Euxino, acudió Pentesilea, reina de las amazonas, que era el nombre de una tribu de mujeres guerreras. La rivalidad entre ellas y los helenos, se remontaba a tiempos muy antiguos. Junto a doce de sus más esforzadas compañeras, vino a reforzar la alicaída hueste de Príamo. Resulta muy difícil describir con palabras, la gracia y la destreza de ellas, cabalgando en pelo sobre aquellos corceles, ligeros como la brisa. Mientras, con sus saetas iban sembrando la confusión entre las filas del rival.
De poco valió el empuje de las mujeres guerreras, una a una se vieron rodeadas y una a una fueron cayendo. Al enfrentarse con Aquiles, Pentesilea descubrió que se había quedado sola, en medio del enemigo. Lejos de abandonar, se juró a sí misma que nadie jamás pondría en duda su valor. Jugándose el todo por el todo, arrojó su jabalina contra el Pélida. Sin embargo, el proyectil quedó hecho trizas, sin siquiera hacer mella en el negro escudo, obsequio de los dioses. Imperturbable, ella asió su espada y se lanzó sobre él. Veloz y letal como una serpiente, Aquiles esquivó el ataque, mientras hería mortalmente a la noble reina.
Entonces ocurrió algo inusitado. Al despojarla de su casco, él quedó tan impresionado por el bello rostro de Pentesilea, que solo bastó un instante, para que se prendara de la agonizante joven. Profundamente conmovido y con los ojos anegados de lágrimas, la tomó en sus brazos y la entregó a los troyanos allí presentes. Ellos se encargarían de rendirle los honores póstumos.
Pero aquella breve e inesperada tregua, vino a ser rota por las burlas de un soldado. Se trataba de un ser vulgar e impertinente, cuyo nombre era Tersites. Acicateado por la furia, con un certero y terrible puñetazo, Aquiles acabó la vida del desagradable personaje, a pesar de tratarse de alguien de su propio bando. Casi todos consideraron justo el castigo, sólo Diomedes mostró su disgusto, más que nada por ser pariente de Tersites.
Sin embargo, entre los aqueos existían algunos códigos de conducta, que debían ser respetados. Asesinarse entre ellos, equivalía a cometer un fratricidio. Aquiles acudió ante el anciano Calcas, en busca de consejo. Este le recomendó realizar un ritual de purificación, acompañado de ofrendas a los dioses. Para ello, debería ir hasta el santuario situado en la isla de Lesbos. De inmediato el héroe partió hacia allá.
Mientras tanto, surgió un nuevo aliado de los troyanos. Esta vez se trataba de Memnón, el monarca de Etiopía. Venía al frente de un crecido ejército. Se trataba del hijo predilecto de Eos, diosa de la Aurora, además de ser sobrino del rey Príamo. Interponiendo su fuerza, pareció contener el ímpetu de los aqueos. Mas quiso la suerte, que en el fragor de la batalla, Antíloco, el mejor amigo de Aquiles pereciera a manos de Memnón. Esto ocurrió mientras protegía a su padre, el anciano Néstor. Como resulta de suponer, su muerte acabó de precipitar los acontecimientos. Tan pronto retornó de Lesbos, Aquiles fue en busca de Memnón. Había llegado el momento de la verdad, para ambos.
El combate fue feroz. Ante el asombro de todos, el rey de los etíopes alcanzó a herir a Aquiles. Por ratos, el desenlace pareció incierto. Finalmente, la balanza se inclinó a favor del aqueo. En ese día fatal, Memnón, como tantos otros antes que él, hubo de morder el polvo. Durante un breve momento, todo quedó a oscuras y pudieron verse las estrellas. Eos, la Aurora, descendió del cielo, para recoger el cuerpo de su hijo. Sus lágrimas cubrieron de rocío todo alrededor. Aquiles había vencido en su último gran duelo, pero el hilo de su existencia, estaba a punto de cortarse.
Ante la retirada del enemigo, los aqueos parecieron cobrar nuevos bríos. La desaparición del cuerpo de su rival, pareció enfurecer a Aquiles. Decidido a tomar la ciudad, iba arrollando todo a su paso. Los que osaban enfrentarlo, caían como muñecos desmadejados. Los troyanos, presa del temor, corrían en busca de refugio, en todas direcciones. Algunos lograron ponerse al abrigo de los muros de la ciudad. Mientras que otros, menos afortunados, solo acertaron a arrojarse a las aguas del río Escamandro. Muchos perecieron ahogados, debido al peso de sus armas.
En medio de un torbellino de polvo, gritos y sangre, mientras Aquiles perseguía al escurridizo enemigo, ocurrió lo inconcebible… Frente a las Puertas Esceas de Troya, como fulminado por un rayo, cayó el héroe. Tras una corta agonía, expiró Aquiles, el semidios de los pies ligeros y la cabellera dorada. Finalmente la profecía tan temida por Tetis, se había hecho realidad. Su existencia en efecto había sido breve, pero gloriosa. Jamas conoció el amargo sabor de la derrota. Así lo quiso él, ahora su ciclo se había cerrado. Pero su nombre jamás sería olvidado. Él viviría para siempre en la leyenda.
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