lunes, 2 de marzo de 2026

Carlomagno y la formación de Europa (Parte 5. El gran emperador).


Con su caída, los lombardos siguieron la misma senda de la mayoría de los pueblos germánicos, que una vez se encargaron de asestar el golpe de gracia, para ocupar el vacío dejado por el Imperio Romano occidental. Uno tras otro, los visigodos, los suevos y los vándalos, los alamanes y ostrogodos y ahora los lombardos... Todos ellos se escondieron entre las páginas de la historia. O tan solo su identidad como pueblos terminó por diluirse. Todos parecieron esfumarse. ¡Todos, menos los francos! 

A estos últimos, les correspondería la maravillosa tarea de preservar la llamada civilización occidental, luego de recoger sus fragmentos dispersos. En especial gracias al impulso Pipino el breve, pero sobre todo de Carlomagno, los francos evolucionaron y dejaron atrás el rudimentario sistema de organización tribal, herencia de sus antepasados. En ese período, comenzó a incubarse el concepto de nación, que más tarde llevaría a Europa a constituirse del modo en el que hoy existe. 

Con la anexión de casi la mitad de la península italiana, Carlomagno vio crecer sus dominios. ¡Y crecerían mucho más, hasta llegar a convertirse en todo un imperio! A pesar de poseer el título de rey de los lombardos, le pareció prudente colocar en ese trono a uno de sus herederos. Así, en el año 781, Pipino IV sería coronado por el papa Adriano I. La legendaria corona de hierro de Lombardía ahora pertenecía a los reyes carolingios. En ese tiempo, otro de los hijos de Carlomagno, fue ungido como rey de Aquitania. 

Hay que recordar que el papa Adriano I y Carlomagno siempre mantuvieron una relación armoniosa. Incluso, él se tomó el trabajo de visitar al sumo pontífice, en Roma, en dos ocasiones.En esos tiempos, el poder real se extendió a todas las tierras que reconocían el dominio espiritual del papa, y viceversa. Como un modo de realzar la figura del gran monarca, la iglesia comenzó a llevar el registro de las fechas, contando a partir del año de inicio de su reinado. Pocas veces en la historia, se repetiría una relación tan coincidente entre el papa y un gobernante.  

Sin embargo, tampoco todo era color de rosa. Para entonces, la iglesia cristiana ciertamente necesitaba de varias reformas y Carlomagno no pudo resistir la tentación de usurpar las funciones del papado. Así, su poder se fue superponiendo al ámbito religioso; además, sus deseos y opiniones sobre muchos temas, debían ser acatados como si se tratara de órdenes. Mientras tanto, el papa prefirió evadir cualquier conflicto, tenía buenas razones para ello. 

¡Pero Carlomagno no se detuvo allí! Como un predestinado, o el instrumento de algún designio divino, convirtió su vida en una permanente cruzada, en una guerra sin fin. Ya nunca se detuvo, al menos mientras su gran vitalidad le acompañó. Su recompensa fue llegar a ver la expansión de la fe cristiana, mientras su poder aumentaba y junto con él, sus dominios.  

Desde sus posesiones de la Galia, traspasaría la frontera natural del Rin y dominaría a los bravos sajones, luego treinta intensos años y dieciocho campañas. Muchas vidas se perdieron en ese conflicto, el cual dejó heridas abiertas y deseos de revancha en la mente de muchos. 

Los ejércitos de Carlomagno llegaron a tierras tan lejanas, que antes del año 800, comprendió que quizás no era práctico seguir acrecentando sus dominios. De tal modo, comenzó a establecer amplias zonas, bien fortificadas, que sirvieran de escudo protector ante las amenazas externas. Estas zonas recibieron el nombre de marcas. El funcionario al mando en ellas, recibía el nombre de margrave o markgraf, en alemán. De allí se derivó la palabra francesa marquis, y marqués, en español. Algunas de ellas, fueron la Marca Hispánica, creada en el 795, para contener la presión musulmana en la península ibérica. La Marca de Bretaña, contra los duros guerreros bretones. La Marca Danesa, ubicada al noreste del reino. Esta última, por cierto, terminaría dando el nombre a esa tierra. 

Para el año 800, la extensión del reino franco era considerable, tomando en cuenta los medios de transporte existentes. Desde el océano Atlántico, al occidente, alcanzaba hasta lo que hoy corresponde a Austria, en el este. De norte a sur, abarcaba cerca de mil cuatrocientos kilómetros, desde Frisia a la ciudad de Roma. El territorio bajo su influencia llegó a abarcar un millón ochocientos mil kilómetros cuadrados. Algo como eso, no se había visto en Europa desde los viejos tiempos de los romanos. La idea de un gran imperio cristiano comenzaba a fraguarse… 

A la muerte de Adriano I, el nuevo papa se esforzó por conservar la amistad de Carlomagno. Por cierto, había hecho justo lo contrario con el Emperador Romano de Oriente. Así, León III ratificó el nombramiento de patricio de Roma. Sin duda, el papa era consciente de que su tranquilidad y la seguridad de los Estados Pontificios, seguía estando en manos de los francos. En otras palabras, mantener el apoyo de Carlomagno era un asunto de estado. Hay que recordar para entonces, el papa también era un mandatario laico. Es decir, que debía enfrentar los mismos problemas que cualquier otro gobernante. Y en la vieja Roma, los nobles eran muy difíciles de controlar. En el año 799 estalló una violenta conspiración para deponerlo y elegir un nuevo papa.

Con su vida en riesgo, León III escapó de Roma y envió una carta a Carlomagno. En ella con gran humildad le suplicaba por su ayuda. Los acontecimientos desde entonces tomaron un curso, cuyas consecuencias se sentirían durante varios siglos. Pero el rey se encontraba muy al norte, en la tierra de los sajones. Recordando lo que su padre había hecho cincuenta años atrás, se mantuvo estático, obligando al papa a ir en su búsqueda. A León III no le quedaba más alternativa que hacer el viaje. Sin embargo, él también sabía a lo que estaba jugando. Por fin, ambos se encontraron en Westfalia, donde se le recibió con grandes honores. Una vez concluida la campaña militar, Carlomagno y su ejército escoltaron al papa de vuelta hasta Roma. 

Pero ahí no concluían las cosas. Los conspiradores decidieron acusar a Leon III. ¡El asunto era grave! Según ellos, el papa era culpable de transgresiones a la moral, específicamente de adulterio y perjurio. Carlomagno tal vez estaba convencido de la inocencia del pontífice. Sin embargo, aprovechó la oportunidad para mostrar que él era el juez supremo, que estaba por encima de todos. Para ello, convocó un sínodo en Roma, el 23 de diciembre del año 800. 

No se trató de un juicio propiamente dicho. Pero ante la mirada escrutadora del rey, León III debió pasar por la humillación de prestar juramento y declarar, proclamando su inocencia de todos los cargos. La decisión le fue favorable y de inmediato se le restituyó al trono papal. 

La idea de Carlomagno, actuando como juez, y el papa como un simple acusado, tenía una trascendencia enorme… y peligrosa, al mismo tiempo. Se había evidenciado que el poder del rey estaba por encima de todo y de todos, incluyendo al mismo pontífice. León III se dedicó a esperar el momento adecuado para emparejar las acciones. La oportunidad estaba allí, a su alcance. 

El Día de Navidad, apenas dos días más tarde, ambos oraban frente a la tumba de San Pedro. Mientras Carlomagno se encontraba abstraído y con los ojos cerrados, León III tomó una primorosa corona, especialmente fabricada para esa ocasión, la colocó en la cabeza del rey y lo llamó Karolus Augustus, Imperator Romanorum. En medio del alborozo general, Carlomagno fue entronizado, ungido con el Santo Crisma y sometido a un elaborado ritual. 

Luego de más de tres siglos, de nuevo había un emperador en occidente. Pero en ese acto, Carlomagno había recibido la corona mediante un acto de sumisión. En cierto modo, eso lo había debilitado. Ahora era Emperador, por la gracia de Dios, administrada por el papa… Lo que significaba que el mismo papa, podía arrebatarle ese título. Además, entre otras cosas, eso podía traerle problemas con el Imperio Bizantino. Tiempo después reconocería que de haber previsto la intención del papa, jamás se hubiera quedado en Roma. Tenía la desagradable impresión de haber sido manipulado y nunca llegó a referirse a sí mismo como emperador romano. 

No obstante, ese episodio, preparado y un poco teatral, plantó la simiente para la formación del Sacro Imperio Romano Germánico, que más tarde sería una de las fuerzas constructoras de Europa. 




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