Allí quedó el cuerpo exánime del héroe, a la vista de todos. Una flecha envenenada lo había herido, justo en el talón, donde no alcanzaba la protección de las relucientes grebas. Se cerraba así la elipse de una existencia breve, pero intensa y siempre signada por la fama. La profecía de su vida se había cumplido.
Ante el súbito derrumbe de Aquiles, junto a él se entabló un fiero combate. Sus compañeros no podían permitir que el envalentonado enemigo quedara en posesión del cuerpo. Una afrenta como esa, equivalía a sufrir la más dura derrota. ¡Pero había algo más! Estaba también su armadura, forjada por los propios inmortales... Sin duda, ese era un botín ambicionado por muchos.
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| Hefestos forjando la armas de Aquiles. Por Giulio Romano, antes de 1546. Sala de Troya, Palacio Ducal, Mantua, Italia. Fuente: http:// s-media-cache-ak0.pinimg.com {{PD-US}} |
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| Ájax carga el cuerpo de Aquiles. Detalle de una crátera de figuras negras. Por Ergotimos y Kleitias, ca. 565 A.C. Fuente: Museo Arqueológico de Florencia, Italia. {{PD-US}} |
Mientras tanto, desde la alta muralla de Ilión, el príncipe Paris, exultante de júbilo, contemplaba su obra. Con su arco había estado disparando sus dardos emponzoñados, sin blanco fijo, hacia el enemigo que veía avanzar con paso firme. Sabiendo que Aquiles venía al frente, encomendó su próximo lanzamiento al divino Febo. Tal vez no necesitaba de eso, porque la suerte del héroe ya estaba sellada. Atónito, Paris vio como la flecha fue directamente, como guiada por una mano invisible, hacia el invicto adalid. De inmediato, dando grandes voces, comenzó a prodigar loores a los dioses. Aquiles había muerto y eso significaba la salvación de Troya...
Durante diecisiete días, con sus noches, la tristeza se enseñoreó en el campamento argivo. Se dice que los lamentos de Tetis llegaron a conmover hasta al espíritu más insensible. Del monte Parnaso vinieron las Musas y entonaron sus cánticos fúnebres en honor del semidiós. A continuación, se realizaron los acostumbrados juegos y competencias atléticas. La misma diosa, se encargó de premiar a los triunfadores.
Por fin, el cuerpo de Aquiles fue colocado sobre una gran pira. Una vez que las flamas finalizaron su labor purificadora, sus cenizas se depositaron dentro de una urna dorada, junto con las de Patroclo. Así habrían de permanecer unidos por siempre. En la llanura de Troya, testigo de sus incontables hazañas, no lejos de la playa, se erigió un impresionante túmulo, digno de su gloria.
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| La discusión entre Áyax y Odiseo, por la armadura de Aquiles. Por Agostino Masucci, Siglo XVIII. Fuente: Artcurial Worldwide- http://artcurial.com |
Tras mucho discutir, se llegó a un acuerdo. Ambos explicarían sus razones ante un jurado, que se encargaría de tomar la decisión final. El prudente Néstor entonces aconsejó que el veredicto fuera dejado en manos de un grupo de prisioneros dárdanos. De manera acertada, supuso que el perdedor no iba a aceptar el fallo tranquilamente, sino todo lo contrario, quedaría lleno de rencor.
Áyax y Odiseo expusieron sus méritos y defendieron su actuación, no sólo durante el rescate del cadáver de Aquiles, sino desde los inicios de la guerra. Entre sus alegatos, no faltó la crítica punzante. Además se profirieron graves acusaciones entre ambos. Para desgracia de Áyax, su rival lo superaba en elocuencia e ingenio. Y eso sin olvidar, que contó con la inspiración de Palas Atenea. Sin embargo, los hechos parecían favorecer a Áyax, según la opinión general. Pero a fin de cuentas, el jurado se inclinó a favor de Odiseo, de manera unánime. ¡Las armas de Aquiles ahora eran suyas!
Oh, cuan grande hubo de ser el oprobio para el noble guerrero. Después de Aquiles, Áyax era, con mucho, el más valeroso entre los aqueos. Había demostrado su verdadera valía en las situaciones más difíciles, cuando más se le necesitaba. Por tanto, ahora no había modo en que pudiera conformarse con aquel veredicto. Cruel y vengativa, Atenea no desperdició la ocasión para cobrarle viejas afrentas.
En un rapto de locura, provocado por la misma diosa, Áyax atacó a un rebaño de ovejas, que pacían tranquilos. En su ceguera, confundió a los animales con Odiseo, Menelao y Agamenón. Sin poder contener su odio, desenvainó su espada y no se detuvo hasta masacrar la última de las inocentes criaturas. Entonces, sólo entonces, recuperó la razón.
Una vez devuelto a la realidad y sin poder soportar tanta vergüenza, prefirió acabar con todo de una vez. Sin decir palabra, se encaminó hacia un paraje solitario y allí se dejó caer sobre la espada que una vez el príncipe Héctor le había regalado. Los dioses, conmovidos, hicieron brotar hermosas flores de jacinto, justo donde su sangre había tocado la tierra.
Pero el odio de Atenea continuó acosándolo aún después de muerto. Luego del oscuro episodio de las ovejas, Agamenón le negó el derecho a tener un funeral. De acuerdo a sus creencias, eso condenaba a su alma a un eterno penar. Fue cuando el sacerdote Calcas aconsejó a Odiseo, rogándole que impidiera el sacrilegio e intercediera a favor del desdichado héroe. Por fin, el Átrida accedió a que Áyax fuera enterrado, sin cremar, en el cabo Reteo, no lejos de Troya.
De ese modo, los más grandes campeones habían quedado fuera de la escena. Aquiles, antes, y ahora Áyax, ambos invencibles y valerosos como nadie, ahora moraban en el reino de las sombras. ¡Así debía ser! Desde el principio había sido decretado que Troya no caería por la fuerza de los mejores. Había llegado el tiempo del ingenio y el ardid; de la estrategia y la inteligencia. Solo así se conseguiría lo que diez años de sangre, violencia y esfuerzos inauditos, no habían obtenido.



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