Oh, Zeus Tonante, ¿Cómo permitiste que Troya acabara de ese modo? Dioses del Cielo... Si pudiera retrocederse en el tiempo, para esta vez no desoír las advertencias sobre el enorme caballo de madera. ¡Cuán pocos pudieron sobrevivir a la terrible masacre y al fuego inclemente! Y muchos menos, quienes pudieron librarse del yugo de la esclavitud.
Imborrable, el recuerdo de aquel amanecer regresa una y otra vez... La aletargada ciudad despertó con el sonido de los cuernos de los vigías. Un rumor alegre se esparcía por doquier: la flota enemiga había desaparecido, luego de diez años varada en aquella playa. Desde lo alto de los muros se contemplaba el desierto panorama, los restos todavía humeantes del campamento y lo que, desde la distancia, semejaba la colosal figura de un caballo.
Locos de júbilo, todos gritaban y se abrazaban. ¡Troya se había salvado! Por primera vez, desde hacía ya demasiado tiempo, el rey Príamo dio la orden de abrir las puertas de la ciudad, de par en par. Entre cánticos, mujeres, hombres y niños marchaban hasta la playa. En efecto, el enemigo implacable se había esfumado, al amparo de la noche. La flota había zarpado, dejando el campamento convertido en cenizas. Allí, poco o nada quedaba de ellos. Nada, excepto un enorme caballo, habilidosamente construido con madera.
Había una inscripción en uno de sus costados. En ella, los aqueos agradecían la protección de la diosa Palas Atenea, luego de la prolongada guerra y solicitaban su favor, ahora que regresaban a sus hogares. La opinión general entre los allí presentes, era que debían moverlo hasta la ciudad y hacer de él, una presea triunfal.
Pero tampoco faltaba quien presintiera el peligro inminente que constituía. Entre ellos, se encontraba un sacerdote del templo de Poseidón, cuyo nombre era Laocoonte. Con firmeza les advertía de que lo más sabio sería desconfiar de aquel armatoste proveniente de los argivos. También les recordó quien era Odiseo y de todo cuanto era capaz. Uniendo el pensamiento a la acción, clavó una pica en el vientre del monstruoso artilugio. Entonces algunos creyeron sentir un ligero sonido metálico, pero no le prestaron demasiada atención. Laocoonte insistió en la necesidad de destruir el caballo de inmediato y se aproximó a él, sosteniendo una tea encendida.
Como por encantamiento, del mar emergieron dos horribles serpientes, que estrangularon al sacerdote, junto a sus dos hijos, para luego ir a posarse mansamente a los pies de una estatua de Atenea. ¡El significado no podía ser más claro! Por haber profanado su ofrenda, el sacerdote había recibido el justo castigo de la diosa. A pesar de ello, un resto de duda aún flotaba en el ambiente.
Esa era la situación, cuando apareció un fugitivo. Alguien que los aqueos parecían haber dejado atrás. Su nombre era Sinón. Lloroso y maltrecho, imploraba por su vida y comenzó a relatar el porqué de su deserción. La inquina de Odiseo, le había convertido en objeto de un insistente acoso. Sinón estaba convencido de que su vida pendía de un hilo. Cuando los aqueos tomaron la decisión de zarpar de regreso, visto lo estéril de sus esfuerzos, acudieron al oráculo...
Solo encontrarían vientos favorables si ofrecían un sacrificio humano.
Gracias a las intrigas de Odiseo, Sinón resultó escogido para ser inmolado a los dioses. Sin detenerse a pensarlo, decidió escapar, hasta que finalmente cayó en las manos de los centinelas troyanos. Ahora, solo pedía compasión y si lo permitían, poder convertirse en uno más entre ellos. Tan conmovedora actuación, le ganó el perdón y la libertad. ¡Por el tridente de Poseidón... cuánta candidez!
Luego se le interrogó sobre el propósito de la construcción del caballo de madera. Poniendo a los dioses como testigos y maldiciendo a sus antiguos compañeros, confesó que había sido erigido como una ofrenda a la diosa Atenea. Para favorecerlos en el viaje de retorno, ella lo exigía como desagravio, por el hurto del Paladio. Debido a su gran tamaño, sus constructores pensaban que los troyanos jamás podrían llevarlo al interior de la ciudad.
Mientras esto ocurría, desde lo alto de los muros de Troya, la princesa Casandra, observaba la escena y clamaba con vehemencia. Debían quemar la monstruosa figura, de una vez. Advertía que por nada del mundo llegaran a introducirla a la ciudad, porque era portadora de la destrucción y la muerte. Sin embargo, sus palabras también cayeron en saco roto. Ella poseía el don de adivinar el porvenir, pero su sino era el de jamás ser tomada en serio...
Finalmente, en medio del jolgorio general, el caballo fue arrastrado dentro de la ciudad. En su euforia, llegaron a derribar un trozo de la muralla, solo para abrirle paso. Luego bebieron y danzaron alrededor del gigante de madera, hasta que el cansancio finalmente los venció.
Cuando ya todos dormían, el pérfido Sinón se unió a los guerreros que comenzaban a emerger del vientre del caballo. Entre ellos, se encontraba Menelao, ansioso por recuperar a su mujer. El astuto Odiseo. Diomedes, valiente y temerario. Neoptólemo, el joven hijo de Aquiles. Áyax Oileo y una treintena más. Como felinos silenciosos, asesinaron a los adormecidos guardias y mediante antorchas avisaron al grueso del ejército, que ya desembarcaba sin ser vista. Habían permanecido ocultos en la isla de Ténedos, cercana a la costa troyana.
En medio del horror y el desamparo, los habitantes de Troya corrían en cualquier dirección. Muy pronto, los aqueos arrasaron con la débil resistencia que los sorprendidos guardias intentaron oponer. A partir de ese momento, no hubo lugar para la piedad. Como fieras hambrientas, desde Agamenón, hasta el último de sus soldados, acuchillaron sin miramiento a cuantos encontraban a su paso.
Poseídos por un furor insaciable, saquearon e incendiaron los hermosos palacios troyanos, las viviendas e incluso los templos y lugares sagrados. Muchos de ellos, más tarde, hubieron de pagar por los actos sacrílegos de aquella orgía sangrienta.
El anciano rey Príamo, fue cruelmente asesinado por Neoptólemo, el hijo de Aquiles, frente al altar, en el templo de Zeus. La reina Hécuba fue una más, entre las mujeres que desde entonces conocieron la esclavitud. El rey Menelao encontró a Helena, y dejando atrás cualquier rencor, retornó con ella a Esparta. Andrómaca, la viuda de Héctor, fue tomada como esclava por Neoptólemo; su pequeño hijo Astianacte, murió al ser arrojado desde lo alto de una torre, esa misma noche. Casandra fue violada por Áyax Oileo, mientras se aferraba a una figura de Atenea, en el templo de la diosa. Luego fue entregada como parte del botín al rey Agamenón.
Ahítos de sangre y cargando el producto del saqueo, los aqueos emprendieron el camino de regreso. Nuevas aventuras y graves vicisitudes les esperaban a algunos de ellos, en el futuro. A Odiseo, le tomaría otros diez años más, para arribar a su hogar en Ítaca. A no dudarlo, el destino les estaba cobrando por sus excesos, crímenes y actitudes sacrílegas.
La orgullosa ciudad, Joya del Helesponto, quedó como una informe montaña de escombros. Sin embargo, las semillas de Troya serían esparcidas por la brisa. En esa noche terrible, entre los pocos que pudieron escapar, se encontraba el valeroso príncipe Eneas, hijo de Anquises y la bella Afrodita. Con su padre sobre sus hombros y su hijo Ascanio de la mano, consiguió ponerse a salvo y tomar una embarcación. Sin embargo, en medio del caos, perdió a su esposa y ya no pudo volver a verla. Navegando con rumbo incierto, finalmente la estirpe troyana lograría germinar en tierras lejanas. De su linaje, con paso del tiempo, nacería el imperio más poderoso de los tiempos antiguos. Ahh, pero esa es otra historia...
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