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| El incendio de Troya. Cuadro por Francisco Collantes, ca.1630. Museo del Prado, Madrid, España. Modificaciones utilizando IA. |
Oh, Zeus Tonante, ¿Cómo permitiste que Troya acabara de ese modo? Dioses del Cielo... Si pudiera retrocederse en el tiempo, para esta vez no desoír las advertencias sobre el enorme caballo de madera. ¡Cuán pocos pudieron sobrevivir a la terrible masacre y al fuego inclemente! Y muchos menos, quienes pudieron librarse del yugo de la esclavitud.
Imborrable, el recuerdo de aquel amanecer regresa una y otra vez... La aletargada ciudad despertó con el sonido de los cuernos de los vigías. Un rumor alegre se esparcía por doquier: la flota enemiga había desaparecido, luego de diez años varada en aquella playa. Desde los muros se contemplaba el desierto panorama, los restos todavía humeantes del campamento y lo que, desde la distancia, semejaba la colosal figura de un caballo.
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| Los troyanos descubren que los aqueos se han retirado. Imagen obtenida por Daniel Delgado utilizando IA de Google. |
Había una inscripción en uno de sus costados. En ella, los aqueos agradecían la protección de la diosa Palas Atenea, luego de la prolongada guerra y solicitaban su favor, ahora que regresaban a sus hogares. La opinión general entre los allí presentes, era que debían moverlo hasta la ciudad y hacer de él, una presea triunfal.
Pero tampoco faltaba quien presintiera el peligro inminente que constituía. Entre ellos, se encontraba un sacerdote del templo de Poseidón, cuyo nombre era Laocoonte. Con firmeza les advertía de que lo más sabio sería desconfiar de aquel armatoste proveniente de los argivos. También les recordó quien era Odiseo y de todo cuanto era capaz. Uniendo el pensamiento a la acción, clavó una pica en el vientre del monstruoso artilugio. Entonces algunos creyeron sentir un ligero sonido metálico, pero no le prestaron demasiada atención. Laocoonte insistió en la necesidad de destruir el caballo de inmediato y se aproximó a él, sosteniendo una tea encendida.
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| Las serpientes ahogan a Laocoonte y sus hijos. Imagen obtenida mediante la IA de Google. Basada en el grupo escultórico por Atenodoro, Polidoro y Agesandro de Rodas, siglo II aC. Museo Vaticano, Roma. |
Como por encantamiento, del mar emergieron dos horribles serpientes, que estrangularon al sacerdote, junto a sus dos hijos, para luego ir a posarse mansamente a los pies de una estatua de Atenea. ¡El significado no podía ser más claro! Por haber profanado su ofrenda, el sacerdote había recibido el justo castigo de la diosa. A pesar de ello, un resto de duda aún flotaba en el ambiente.
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| Sinón ante Príamo. Cuadro por Pieter Goddyn, 1782. Galería Nacional de Parma, Italia. Modificado con IA. |
Solo encontrarían vientos favorables si ofrecían un sacrificio humano.
Gracias a las intrigas de Odiseo, Sinón resultó escogido para ser inmolado a los dioses. Sin detenerse a pensarlo, decidió escapar, hasta que finalmente cayó en las manos de los centinelas troyanos. Ahora, solo pedía compasión, y si lo permitían, poder convertirse en uno más entre ellos. Tan conmovedora actuación, le ganó el perdón y la libertad. ¡Por el tridente de Poseidón... cuánta candidez!
Cuando se le interrogó sobre el propósito de la construcción del caballo de madera, pareció exaltarse. Poniendo a los dioses como testigos y maldiciendo a sus antiguos compañeros, aseguró que se trataba de una ofrenda a la diosa Atenea. Era el desagravio por el robo de su imagen sagrada, no mucho tiempo atrás. Necesitaban mantener su favor, más ahora, que emprendían el viaje de regreso a casa. Con tono sarcástico agregó, que por su gran tamaño, esperaban que los troyanos nunca pudieran moverlo hasta el interior de la ciudad.
Mientras esto ocurría, desde lo alto de los muros de Troya, la princesa Casandra observaba la escena y clamaba con vehemencia. Debían quemar la monstruosa figura, de una vez. Advertía que por nada del mundo llegaran a introducirla a la ciudad, porque era portadora de la destrucción y la muerte. Sin embargo, sus palabras de nuevo cayeron en saco roto. Ella poseía el don de adivinar el porvenir, pero su sino era el de jamás ser tomada en serio...
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| Los troyanos llevan el caballo a la ciudad. Tomado de la obra de Giovanni Domenico Tiepolo, 1773. Galería Nacional de Londres, U.K. ( Retoques con IA). |
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| El Caballo de Troya. Los aqueos saliendo del caballo. Por Henri-Paul Motte, 1874. Colección particular. Modificado con IA. |
Cuando ya todos dormían, el pérfido Sinón se unió a los hombres que comenzaban a emerger del vientre del caballo. Entre ellos se encontraban, Menelao, ansioso por recuperar a su mujer. También el astuto Odiseo, junto a Diomedes, valiente y temerario. El joven Neoptólemo, Áyax Oileo y una treintena más, de los mejores guerreros aqueos. Silenciosos, asesinaron a los adormecidos guardias y mediante antorchas, avisaron al grueso del ejército, que ya desembarcaba sin ser vista. Habían permanecido ocultos en la isla de Ténedos, cercana a la costa troyana.
En medio del horror y la sorpresa, los habitantes de Troya corrían, sin saber hacia dónde. Muy pronto, los aqueos arrasaron con la débil resistencia que los aturdidos troyanos intentaron oponer. A partir de ese momento, no hubo lugar para la piedad. Como leones hambrientos, desde Agamenón, hasta el último de sus soldados, acuchillaron a todo aquel que encontraban a su paso.
Poseídos por un furor insaciable, saquearon e incendiaron los hermosos palacios troyanos, las viviendas e incluso los templos y lugares sagrados. Muchos de ellos, más tarde, hubieron de pagar por los actos sacrílegos de aquella orgía sangrienta.
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| La muerte de Príamo. Del cuadro por Jules Joseph Lefevre, 1861. Escuela Nacional Superior de Bellas Artes. París, Francia. Modificaciones con IA. |
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| Áyax y Casandra. Por Solomon Joseph Solomon, 1886. Galería de Bellas Artes de Ballarat, Australia. Modificado con IA. |
Ahítos de sangre y portando el producto del saqueo, los triunfadores emprendieron el camino de regreso. Nuevas aventuras y graves vicisitudes les esperaban a algunos de ellos, en el futuro. A Odiseo le tomaría otros diez años más, para arribar a su hogar en Ítaca. A no dudarlo, el destino les estaba cobrando por sus excesos, crímenes y actitudes sacrílegas.
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| La huida de Eneas. Cuadro por Federico Barocci, 1598. Galería Borghese, Roma, Italia. Modificaciones utilizando IA. |









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